PARA JULIA Y PATRICIA, DE SU MADRE PRINCIPIANTE.

Queridas mías,
 

Hace pocos meses que cumplisteis once años  y percibo la tormenta en el ambiente. Estáis cambiando, es evidente. Supongo que es difícil encontrarse con un cuerpo y unas emociones que fluyen como lo hacen en vosotras, ahora. Crecéis de un día para otro, los pechos comienzan a asomar, el vello y ese cuerpo, que sigue siendo vuestro pero no es el de antes, está revolucionado (todavía lo estará más, de eso podéis estar seguras). Estáis aprendiendo a lidiar con ello y no es fácil. Pero quería deciros algo: yo también soy aprendiz.

Fui una aprendiz de adolescente, de joven adulta, de abogada, de escritora, de madre de bebés gemelas y después de niñas gemelas. Ahora estoy aprendiendo a ser madre de gemelas preadolescentes y es complicado. Continúo aprendiendo en todas las facetas de mi vida y es importante que así sea, no darlo todo por supuesto, ni por sabido.

¿Por qué hablo de todo esto aquí, en el blog? No lo tengo muy claro, por un lado porque este año es el primero que no habéis pedido infinidad de juguetes por Reyes (vosotras, que sois tan juguetonas) y habéis abandonado los clics, los pinypon y  las monster high por esos muñecos funko pop que son tan modernos y ornamentales, pero no sirven para jugar en serio (como jugáis vosotras).

Por otro, estoy segura de que hay muchas madres y padres que se encuentran en el mismo punto que yo: perdidos (o puede que sean más listos y sepan por dónde ir).

Y por último, porque si os digo esto a la cara,  no sé si entenderéis gran cosa y además me daría mucha vergüenza y terminaría por no encontrar las palabras adecuadas. Me perdería, sin más.

 

 
Hay momentos, cuando estamos juntas, en los que siento mucha rabia, otros en los que el dolor y la pena me invaden, porque tengo la sensación de que no sé cómo conectar con vosotras  y a veces me flojo de la risa. Aunque en estallidos de risa me ganáis, porque además lo hacéis en estéreo.  En todos y cada uno de esos momentos  hay algo que siempre siento por vosotras: un profundo e ilimitado AMOR. Os quiero y confío en vosotras… es más, creo en vosotras. Pero eso no es suficiente, también es necesario que seáis vosotras las que os queráis, que creáis y confiéis en vosotras mismas (lamento repetir tanto lo de vosotras, pero parece imprescindible ).
 

No tengo mucho que ofrecer, tal vez algo de paciencia (ya sabéis que mi paciencia es como la provincia de Badajoz, extensa pero limitada), caricias o alguna bronca (sí, pongo límites y abronco), alguna nana inventada. Mi tiempo sigue a vuestra disposición y daría cualquier cosa por veros sonreír. En realidad no necesito mucho más que veros felices para serlo. Sé que no es una felicidad plena, que una debe aprender a serlo por sí misma, desde el interior, pero percibir esa sensación en los que te rodean ayuda a reducir la irritación del diario (entiéndase el colegio, la oficina, las actividades extraescolares…).

 

 
Aprendamos juntas y démonos una oportunidad, vosotras como preadolescentes (todavía niñas) y yo como madre (novata), simplifiquemos y desdramaticemos esos momentos que parecen insalvables. Crezcamos juntas y veamos por donde nos lleva la vida, en qué nuevas luchas, aventuras y disparates nos vemos envueltas (envueltos, que vuestro padre también es aprendiz y disfruta tanto de vosotras como yo).

Felices once, doce y trece. Vuestra madre aprendiz que os quiere.

Anabel

 

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2 comentarios

  1. Margarita Hans
    23 Enero, 2018

    Qué edad más bonita y complicada a la vez. Yo tengo un hijo en esa edad, y otra ya mayor. Es sin lugar a dudas, una edad en la que ellos mismos se ven ajenos a su propio ser. Mucha camadarería, paciencia, y también consejos que sabes que no te van a escuchar. Bendita adolescencia.

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    • Anabel
      23 Enero, 2018

      Muchas gracias, Margarita. Sí que es complicado, sí. No sabes muy bien a qué carta quedarte ni que hacer, pero supongo que siempre fue así, ¿no? Un abrazo

      Responder

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